
DONDE ANIDAN LOS ÁNGELES
(2004, Editorial
Destino).
Fragmento 4 de 5: CAPÍTULO
1º
La prostitucióm moral de Europa
Con 64 años, este ángel de los hambrientos
mantiene un ritmo febril de trabajo, esforzándose
en que no lo desborden las emociones que produce el
roce incesante con el drama de los más desdichados.
Nacido en Guipúzcoa, ha pasado la mayor parte
de su vida en África, primero en Tanzania y
desde hace dos décadas en la ciudad de Wukro,
donde --además de participar en el combate
contra el hambre-- ayudó a crear una granja
escuela; puso en marcha un programa de apoyo a las
prostitutas y tiene a su cargo a medio millar de huérfanos,
que viven en familias integradas solo por niños,
como forma de evitar su internamiento en orfanatos.
Olaran parece disponer de una energía vital
inagotable... hasta que al final del día se
desploma en un sillón de la misión y
cede al cansancio, dormitando frente a un televisor
desde el cual la CNN vomita noticiarios envenenados
con un faldón rojo para enmarcar el
desfile de cifras de las cotizaciones bursátiles.
Entonces parece encontrar la distancia precisa para
hablar con cierta ironía de su forma de desempeñar
la misión en Etiopía.
-- La verdad es que no he contribuido mucho a extender
el cristianismo en esta zona. Pero no me he planteado
ni voy a plantearme convertir a nadie, intentar
que se hagan católicos ni los niños
ni los adultos, que tienen una fe ortodoxa muy seria.
Esta gente no necesita que les hablemos de religión.
En lo que me esfuerzo es en dar a los niños
un poco de instrucción, no tanto religiosa
como humana. Sobre todo a las muchachitas, que andan
por los catorce o quince años y tienen cuerpos
de mujeres, porque aquí hay muchos soldados,
muchos hombres que se fijan en ellas. Me preocupo
de ofrecerles algo de educación sobre sexualidad
y afectividad, para que no se dejen engañar
por el primero que llegue, acaben pariendo en soledad
y la necesidad las empuje al comercio del sexo.
La prostitución es uno de los horizontes de
la miseria, una engañosa vía de escape
que permite conseguir un dinero de otra forma inalcanzable,
pero conduce a la marginación y a la enfermedad.
Wukro, una pequeña ciudad de 34.000 habitantes,
es una parada tradicional en la ruta que viene desde
el mar y prosigue al sur, hacia Addis Abeba, trayendo
una clientela fija para más de cuatrocientas
mujeres que se prostituyen profesionalmente
y muchas otras que lo hacen de modo ocasional. Las
caravanas de camellos, que aún transportan
sal como siglos atrás, y los camiones que recorren
una endiablada carretera --que los ingenieros chinos
no acaban de reformar y reparar desde hace años--
se detienen en esta pequeña ciudad para descansar.
Junto a las rameras al uso que los reciben en sus
casas, durante los últimos años ha surgido
una nueva oferta de servicios completos:
mujeres que acompañan a los choferes en el
trayecto entre dos poblaciones y, además de
proporcionarles desahogo sexual, se ocupan de cocinar,
lavarles la ropa y coserla si es preciso, o hacer
guardia mientras ellos duermen al borde del camino.
Suelen ir en un vehículo y regresar en otro,
pasando varios días lejos de sus hijos. Al
hablar de unas y otras, el misionero rechaza palabras
que considera ofensivas, como putas o meretrices.
Prefiere emplear el eufemismo de ‘trabajadoras
sexuales’, o una expresión tan irónica
como ‘agentes comerciales del sexo’.
-- Creo que deberíamos tener un respeto muy
grande por estas buenas gentes. Porque tienen un alma
limpia. Y los cristianos necesitaríamos recordar
que la prostitución está en la rama
genealógica de Jesús: se nos dice varias
veces en la Biblia que, cuando los israelitas llegaron
a Jericó, allí había una señora
llamada Rehab que era prostituta; pues bien, era una
de las bisabuelas de Jesús y, según
se cuenta en el libro de Josué, colgó
en su puerta un trapo escarlata como señal
para que reconocieran su casa; seguramente ella fue
la primera en utilizar esa señal que desde
entonces indica donde hay un prostíbulo. Jesús
dijo que las putas entrarían antes que nosotros
en el reino de los cielos. ¡Eso seguro! En fin,
esta sociedad tiene bien consideradas a las prostitutas,
y no las rechaza. Lo que ocurre es que los problemas
de la pobreza empujan a muchas, muchas, muchas mujeres
a la prostitución. Porque no tienen huerto,
ni saben un oficio. Solo disponen de sus cuerpos para
comerciar y no existe otra opción para ellas.
Pero hemos organizado cursillos formativos, inicialmente
sobre los riesgos del sida que nos pareció
lo más urgente, y ofreciéndoles después
el aprendizaje de algún oficio, con un pequeño
crédito incluido para que puedan establecerse.
Al primero asistieron cuarenta y ocho, de las que
nueve morirían poco después víctimas
del sida, ocho continúan en la prostitución
y el resto ha cambiado de vida. Ninguna dejó
de devolver el préstamo que recibió.
Ya han participado en estos cursos más de centenar
y medio, con un porcentaje muy alto de éxitos.
Así comprobamos que, en cuanto ven que pueden
sacar adelante a sus familias por otros medios, no
dudan en cambiar de trabajo.
Lo contaba durante la visita a una de las mujeres
que habían logrado escapar de esa humillante
esclavitud. Sentado junto a ella, en el borde de la
cama que ocupaba la mayor parte de la única
habitación de la casa, se mantuvo cogido de
su mano mientras le traducía nuestra charla,
del castellano al tigriña.
-- Yo os puedo asegurar que estas mujeres quizá
prostituyan sus cuerpos, pero ninguna prostituye su
alma. Y las compararía con el sector social
más fuerte de Europa, con ese sector que detenta
el poder político, el poder económico
e incluso el poder religioso. Gentes que quizá
no prostituyan sus cuerpos pero que prostituyen sus
almas. Esos que prostituyen su alma por el poder,
por el dinero, por la corrupción, son quienes
hacen que las mujeres de aquí tengan que prostituir
sus cuerpos. Es horroroso, pero muchas veces la raíz
de la prostitución de aquí se encuentra
en la prostitución moral de Europa.
Conocí a Ángel Olaran más de
año y medio antes, en abril de 2001. Me había
hablado de él --con verdadera devoción
por su figura-- Marisa Salazar, una de las mentes
más lúcidas entre quienes impulsan la
acción de Cáritas Española, aconsejándome
que cambiara mi plan de trabajo en Etiopía
para visitar Wukro. Hacerle caso supuso ganar la amistad
de un hombre admirable, tras vivir junto a él
un par de jornadas intensas. Entre las muchas situaciones
dolorosas que me quedaron fijas en la retina durante
aquel viaje hay una de la que no he conseguido desprenderme.
Han pasado varios años desde que la contemplé
y todavía vuelve a mi memoria. Es la imagen
del misionero en el interior de una mísera
choza, sentado en los pies de la cama donde una enferma
terminal de sida se debatía en los umbrales
de la muerte. Esquelética, con los ojos hundidos
y los brazos corroídos por el terrible sarcoma
de Kaposi, aquella desdichada se esforzaba en
apartar las moscas de la cara de un crío de
seis meses que yacía a su lado. Mientras acariciaba
sus manos, Ángel nos contaría la amarga
historia de su vida.
La pobre mujer tenía treinta y ocho años,
aunque aparentaba más de cincuenta. Enviudó
un lustro atrás, después de haber parido
siete hijos. Y pocas semanas atrás se había
encontrado con un nieto entre los brazos. Una de sus
hijas se lo entregó nada más alumbrarlo,
para volver a marcharse en busca del calor de los
acuartelamientos de tropas etíopes cerca de
la frontera con Eritrea. La abuela no había
tenido otro remedio que hacerse cargo de él,
incorporándolo al grupo de sus famélicos
hijos menores. Todos juntos sobrevivían en
aquella cabaña de adobe, con el viejo camastro
que abandonaron unos soldados y dos banquetas como
mobiliario. El único alimento de que disponían
era un saco medio vacío de trigo podrido, cuyos
granos habían empezado a transformarse en un
polvo blanco y pegajoso, último resto de las
magras provisiones que las autoridades distribuían
periódicamente entre los hambrientos de la
región.
-- El gobierno reparte oficialmente doce kilos mensuales
de harina por persona, aunque en la práctica
si en una casa hay cinco personas recibirán
entre 24 y 36 kilos para un plazo entre uno y dos
meses --nos informó Angel-- Es insuficiente
pero tampoco puede dar más, porque está
embargado por el sistema económico internacional
y carece de recursos. El café, que es uno de
los productos básicos de este país,
ha bajado de precio un 40 por 100 durante los últimos
veinte años...
De pronto la enferma rompió a llorar y, con
un hilo de voz temblorosa, suplicó algo incomprensible
para nosotros, al oído del sacerdote. Mi hijo
Miguel, que entonces tenía diecisiete años,
contemplaba la escena sobrecogido por su patetismo.
Sin soltar la mano de la mujer, Ángel volvió
la cara hacia nosotros y nos explicó que le
había preguntado qué sería de
sus hijos y su nieto cuando ella faltara:
-- No teme a la muerte. La aguarda resignada, pero
siente un miedo insuperable por el futuro de los niños.
Yo le he asegurado por enésima vez, como hago
cada vez que vengo a verla, que me ocuparé
de ellos y no les faltarán cuidados. Pero mis
promesas no bastan para calmar su angustia.
Otra de las visitas inolvidables que realizamos, acompañando
al padre blanco en sus recorridos habituales por los
rincones más humildes de Wukro, fue la que
nos llevó al tugurio donde tenían su
hogar una anciana ciega y su esposo, que apenas podía
moverse. La misión de Saint Mary había
financiado la construcción de una pequeña
vivienda de adobe encalado, para evitar que la pareja
pasara sus últimos días a la intemperie.
Y el gobierno los había excluido de cualquier
ayuda oficial al saber que los curas católicos
les daban 150 birs mensuales, además de satisfacer
sus ‘antojos’ con ‘pequeños
lujos’ --así los denominó
Olaran-- como unos puñados de arroz o algo
de buna (café). Muerta su única
hija, el desvalido matrimonio estaba al cuidado de
una nieta de quince años. Nada más ver
al padre blanco, la cría corrió a buscar
una caja de cartón donde guardaba todos sus
cuadernos y libros escolares cuidadosamente forrados
con papel de periódico. ‘¿Cómo
se podría esperar que en este ambiente pudiera
surgir una lumbrera?’, se preguntaba Ángel
mientras nos enseñaba las calificaciones de
la chica, repletas de sobresalientes. Pese a su pobreza,
la abuela aseguraba sentirse feliz.
-- Dice que esta casucha es su hogar y, por lo tanto,
para ella es el cielo. Le he preguntado qué
necesita y ha respondido que ya tiene cuanto desea,
porque está junto a su marido y eso le hace
saberse segura hasta que le llegue la muerte.’
(La pobre mujer moriría el 25 de mayo de 2004.
Ángel me lo contaría en una carta con
estas palabras: ‘me enteré después
de que la hubieran enterrado. Me llamaba ‘padre’
porque la alimentaba. Cuando fui a saludar al viudo,
tan encorvado que ya no ve el sol, se echó
a llorar recostado sobre mi pecho. Me comentó
que Asejash, su mujer, pasó sus tres últimos
días pidiéndole ‘llama a mi padre’.
Pero no me llamó. Lo consolé recordándole
que a su esposa no le había faltado el café
durante los últimos años. Eso era un
argumento muy fuerte para él, porque significaba
que había vivido de forma digna.’)
Conmovido, Olaran intentaba describir la grandeza
de los más humildes, a partir de la miseria
que los rodea y lastra su existencia. Insistía
en hacernos ver el contraste permanente entre las
carencias absolutas y la actitud de dignidad con que
los hambrientos se esforzaban en sobrevivir, frente
a la criminal indiferencia de un mundo enriquecido
y ajeno.
--
Las casas de Wukro, si se les puede llamar casas
a estas construcciones de barro, están llenas
de vacío material, y en la mayoría
de ellas nunca ha entrado una silla, ni una mesa,
ni un colchón... quizá en su día
hubo una cama, pero ha sido vendida. En estos hogares
de una sola habitación, donde se aprietan tres,
cinco y hasta diez miembros de la familia con todos
sus enseres, queda poco sitio para los secretos. Pero
estos chamizos son, a la vez, museos de pobreza y
templos de dignidad. En su interior uno se encuentra
con la Humanidad al desnudo, libre de ropajes materiales.
De ellos sales rejuvenecido, sin que su situación
te cree angustia porque esta gente no permite que
te angusties, y consigue evitarlo con su sonrisa y
su cariño. Eso es lo que nos salva. Fíjate
que la anciana, después de tocarme, me dijo
que le preocupaba mucho encontrarme tan flaco y que
yo debería de comer más. Ella se muere
de hambre y sin embargo se preocupa por mí...
Resulta consolador comprobar que la miseria no destroza
a las personas, porque siempre hay una sonrisa que
nos hace penetrar en lo más profundo de la
condición humana, donde la paz y la serenidad
no se basan en seguridades exteriores ni materiales,
sino en uno mismo y en Dios. La pobreza compartida
une; la abundancia crea exigencias que separan. Aquí
los niños crecen sabiendo que no deben llorar
cuando sienten hambre, para no entristecer más
a sus madres. Son unos críos que nunca piden
más, cuando comparten la comida familiar, y
que saben dejar lo mejor para el otro. Da la impresión
de que intuyan el valor sagrado de la comida. Incluso
los huérfanos, que comparten su vida con nosotros,
demuestran una actitud de generosidad profunda y sincera.
Si alguien les ha dado un caramelo o una galleta y
apareces en ese momento, vienen a ofrecértelo.
Y hay que insistir, casi obligarlos, para que se lo
coman ellos.
Su
programa de ayuda a los huérfanos de Wukro
--una legión de criaturas que han perdido a
sus padres a causa de la pandemia de sida que la región
padece-- constituye la niña de los ojos del
misionero. Todas las semanas aumenta su número
y hay que incrementar los esfuerzos para atenderlos,
pero no queda uno solo abandonado a su suerte sin
que Olaran se entere e intervenga.
--
Nos planteamos qué hacer con ellos, cómo
enfrentarnos al problema, porque son muchos. Y pensamos
que mandarlos a un orfanato, donde se vive una forma
de anonimato colectivo, sería dejar que se
perdieran todos juntos. Allí tendrían
amigos, pero sería muy difícil que crecieran
como una familia. Así que buscamos otra solución.
Y optamos por mantener a los hermanos juntos en hogares
sin adultos, a ser posible en las mismas casas que
ocupaban antes sus familias. Ya no están el
padre ni la madre y tienen que valerse por sí
mismos. Pero nosotros les echamos una mano, vamos
a verlos cuando podemos, los vigilamos a distancia,
comprobamos que les va bien en el colegio, que tienen
buena salud... y tratamos de darles algún afecto,
que es lo más importante. Ya tenemos más
de trescientos huérfanos a nuestro cuidado.
Cada
noche, después de cenar, la jornada laboral
de Ángel se prolonga con el último y
más placentero de sus esfuerzos cotidianos:
la visita a varias de esas familias integradas únicamente
por niños. Desde Saint Mary hay un paseo bajo
las estrellas y entre la pobreza, pero resulta infinitamente
más seguro que cualquier recorrido nocturno
a pie por ciudades tan privilegiadas como Madrid,
Nueva York o Buenos Aires. Sin alumbrado público,
con los quinqués de petróleo alumbrando
tenuemente los últimos puntos de venta ambulante,
el trayecto a través de Wukro requiere disponer
de una linterna y mantener la atención puesta
sobre su irregular suelo. Las bombillas que iluminan
el interior de las viviendas son escasas y de poca
potencia. La falta de luz resalta la pobreza, dando
a la ciudad un ambiente incierto. Pero el misionero
podría moverse a ciegas por las calles de un
pueblo que conoce mucho mejor que su Hernani natal.
Llegamos
sin avisar, y entramos sin ser advertidos en una de
las primeras casas que el padre Olaran compró
para un puñado de sus huérfanos.
Sorprendidos, los críos se le echaron al cuello
gritando de alegría y nos empujaron al interior
de la vivienda. Sentados en las dos camas que sus
cinco pequeños inquilinos compartían,
tuvimos que rechazar varias veces su intento de obsequiarnos
con las pocas galletas que atesoraban en una caja
de metal. A los pocos minutos los teníamos
sentados en las rodillas, bromeando entre tirones
a las barbas de Jesús, las melenas de Miguel
o los cordones de las llamativas zapatillas deportivas
de Carlos. Tras revisar sus cuadernos de deberes como
quien cumple un importante ritual, Ángel nos
contó la historia de los pequeños. Una
tragedia que ellos escuchaban en silencio, sin entender
una sola palabra, mientras procuraban robarnos alguna
caricia.
--
Necesitan cariño y os daréis cuenta
de que buscan la mirada de los padres que han perdido.
Pero, aunque se encuentren solos, mantienen un espíritu
de unión familiar y se ayudan unos a otros.
Tendríamos que darles un mayor apoyo afectivo.
Económicamente es más fácil ayudarlos,
porque les das dinero y ellos se arreglan. Pero acompañarlos
mientras crecen y proporcionarles el amor que todos
precisamos, resulta mucho más complicado. Al
principio se muestran distantes. Nos ven como a unos
extraños que aparecen de pronto en sus vidas,
y nos tratan con un respeto que implica cierta lejanía.
Pero, al cabo de un mes, cuando te ven venir corren
a tu encuentro, te abrazan, te cuentan sus cosas.
Y surge espontáneamente la necesidad de manifestar
físicamente sus sentimientos en forma de abrazos,
o cogiéndonos de la mano, entre bromas y juegos.
Cuando se abren y dejan de vernos como alguien ajeno
que viene a ayudarles, para aceptarnos como alguien
integrado en su familia, se produce un momento muy
bonito, una emoción profunda.
Recuerdo,
entre las varias casas que visitamos aquella noche,
a una familia compuesta por tres hermanos: Netsanet,
una quinceañera muy atractiva, con la timidez
de movimientos de quien aún intenta ocultar
su madurez femenina; Astier, un par de años
menor e igualmente bonita; y Negasi, un pequeñajo
que no aparentaba más de diez años,
con la salud minada por el desarrollo de la enfermedad
que había heredado de su madre. El padre los
había abandonado años atrás en
la ciudad de Asmara, de la que serían expulsados
como muchos otros etíopes a causa de la guerra
con Eritrea. Carretera adelante, los camiones militares
los transportaron hasta Wukro, donde no había
nadie que los esperase. Al poco tiempo la madre murió
de sida. Y los médicos del hospital donde falleció
llamaron a Saint Mary para preguntar si allí
podían hacerse cargo de los tres huérfanos.
Olaran les consiguió una vivienda e hizo que
Netsanet abandonase su trabajo en un bar frecuentado
por soldados, y volviera al colegio junto a sus hermanos.
--
El ambiente en estas familias es increíble.
Les falta de todo, pero tienen un gran calor humano.
No se pelean. Yo nunca he visto que estos niños
se disputen el mejor bocado a la hora de repartir
la poca comida de que disponen. Y, sin embargo, he
presenciado ese tipo de escena en las casas de la
rica Europa, donde cada uno va a servirse lo mejor
que haya en la mesa. Aquí da gusto verlos comer.
Porque los mayores nunca van a ser quienes terminen
la comida, sino que van a dejar que los pequeños
lo hagan. Esas cosas crean un ambiente muy humano,
muy agradable. Es muy triste que un chaval o una chavala
con quince años tengan que hacer de padre o
madre de sus hermanos y vivan preocupándose
por ellos, cuando todavía tendrían que
estar jugando al fútbol o haciendo fechorías
en las calles. Pero resulta gratificante comprobar
que la condición humana no está deteriorada
por la pobreza, sino que entre ésta aún
puede aflorar lo mejor de las personas.
Negasi
murió unos días más tarde. Poco
después de regresar a Madrid recibí
un mensaje de Ángel, contando que el crío
había enfermado de repente, tuvo otro de sus
accesos de fiebre y se apagó en pocas horas:
‘Aun me parece que tengo que seguir jugando
con él. En cuantos lo conocieron causo impacto.
Pensándolo bien, casi me alegro de que haya
muerto en plena vida, lleno de alegría a pesar
de las continuas recaídas que tenía.
Porque más de una vez había imaginado
el desenlace de su enfermedad con una agonía
lenta, llagado, esquelético, sin que él
comprendiera lo que le estaba pasando. De este modo
todo el mundo cree que ha muerto por un ataque de
malaria.’ Aunque la memoria de Negasi permanezca
entre quienes lo trataron, el hueco que su nombre
dejó en los estadillos del reparto de ayuda
a los huérfanos fue rápidamente ocupado
por otro. ‘Desde el 23 de Diciembre tenemos
34 huérfanos más con nosotros’,
eran las últimas palabras del correo.
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